Posted on / by Walter Silva

La esclavitud del sonido nos hace “sordos del cuerpo”

Si te estuvieras quedando sordo, ¿cómo crees que afectaría esto en la práctica de tu instrumento?

¿La respuesta resulta bastante obvia, no?

Imprecisión en la afinación, ausencia de matices y dinámica, tendencia a tocar todo muy fuerte, escasez de recursos tímbricos y todo tipo de carencias derivadas de una pobre discriminación auditiva.

¿Y si te dijera que hay músicos que padecen de un tipo de  sordera que no es auditiva, qué dirías?

Desgraciadamente, los músicos nos volvemos esclavos del sonido y nos olvidamos de ese sexto sentido llamado propiocepción, que juega un rol fundamental en la ejecución de los movimientos tan precisos que realizamos con nuestras manos sobre el instrumento.

Las sensaciones internas, es decir la información que llega a nuestro cerebro procedente de nuestros músculos, tendones y ligamentos y constituye el sentido cinestésico, llamado propiocepción.

Esto sucede gracias a los innumerables sensores que tenemos en nuestros músculos, tendones y ligamentos.

Cuando estamos tocando, todo nuestro sistema nervioso está involucrado.

Básicamente, lo que ocurre es lo siguiente:

La corteza frontal es como el director de una orquesta y sus órdenes se transmiten a la corteza motora; posteriormente son coordinadas por centros subcorticales donde las posturas se ajustan, y finalmente pasan a la médula de donde surgen las neuronas motoras periféricas.

Todas estas acciones elementales son corregidas gracias a un flujo de información visual, auditivo y sensorial que permite el ajuste del tono muscular preciso.

Las vías sensoriales están vinculadas a la regulación de la función motora en todos los niveles del sistema nervioso. La mano, en particular, posee innumerables receptores sensoriales diseminados en la piel, tendones y articulaciones, que recopilan información del exterior y del interior del cuerpo.

Los exorreceptores son los sensores de la piel, es decir los del tacto y los propioceptores son los que describen la posición y el desplazamiento de cada segmento de la mano en el espacio y nos proporcionan la información necesaria para coordinar los movimientos que realizamos y para el conocimiento del grado de tensión muscular.

¿Qué sucede entonces cuando no escuchamos lo que sucede dentro de nuestro cuerpo como es debido?

Pues, que nos convertimos en “sordos propioceptivos”.

Cuando las percepciones internas son imprecisas y se escapan a nuestra consciencia los resultados musicales son peores y a pesar de su falta de efectividad nos aportan una falsa sensación de seguridad, de forma que nos acostumbramos a ellas y nos sentimos incómodos cuando se nos pide que las modifiquemos

Esto responde al fenómeno de habituación.

Este tipo de sordera consiste en un deficiente procesamiento sensorial, que nos lleva a emplear una fuerza y una energía mucho mayor de la necesaria para tocar nuestro instrumento.

Esto repercute negativamente en los resultados tanto técnicos como musicales y, con el tiempo, puede llevarnos a desarrollar diferentes tipos de lesiones, entre ellas, la DFM.

La distonía focal del músico nos mantiene en un loop de repetición del síntoma, que responde a un proceso de retroalimentación constante, relacionado con una propiocepción errónea.